Sacó premio del Bellas Artes (junto con otros 1999 relatos, ja!)
Yo aún lloraba cuando se me acercó saludando. Intenté ignorarlo, ya me habían castigado antes por hablarle a extraños en la calle, pero él traía una guitarra así que me fue imposible no prestarle atención. Se sentó a mi lado y comenzó a cantar sobre un volantín y un tal Luchín. Me dio risa porque así le dice mi abuela a mi abuelo cuando éste se manda algún condoro. Dejé de llorar, él se dio cuenta y rió mientras cantaba, entonces me dediqué a observarlo. Me llamó la atención su cara de señor bonachón y sus manos gruesas y ásperas, como las que tiene mi tío Pancho que vive en el campo, o como las del papá de mi amigo Ignacio, ese señor que hace muebles.
Terminó la canción y me preguntó si me gustaba cantar. No sabía si responder o no, me podían castigar si me pillaban hablándole. Pero un señor que canta tan lindo no puede ser malo, pensé, además, hablaba despacito y no creí que mi mamá nos fuera a oír. Le dije que no era bueno cantando, que las canciones de iglesia me aburrían, y que prefería cantar las de pin pón. Se rió fuerte y me dijo que El canto tiene sentido, cuando palpita en las venas. No entendí, pero sonó parecido a lo que mi hermano grande me lee antes de dormir: poesía, dice que se llama. Así que memoricé la frase para que él me la explicara más tarde.
Me preguntó por que había estado llorando. Me dio vergüenza responder. Creo que él se dio cuenta y se puso a cantar otra canción, una más triste, eso sí. Algo sobre una Amanda, algo sobre un Manuel. Yo estaba seguro de haberla escuchado en alguna parte, en la radio o en algún tarareo de mi hermano. Cuando terminó la canción, me dio pena de nuevo, me hizo recordar por qué había estado llorando. No hallé mejor cosa que contarle: mi padre se había ido de la casa hace una semana y lo echaba de menos. Me preguntó adónde fue. Le respondí que no sabía, que mi mamá me dijo que a trabajar, pero que la escuché hablar y llorar con mi tía Rosa porque mi papá se había ido a esconder, pero que yo no sabía por qué, si total los monstruos no existen.
Vi que sus ojos brillaron. Se puso de pie, dijo que tenía que marcharse, pero antes me dijo que no me preocupara, que mi padre volvería de una forma u otra a hacerme compañía, que siempre estaría conmigo.
Se fue caminando tranquilo, despacito, así como hablaba.
A las semanas estaba yo encerrado en mi casa. A mi mamá le dio con que tenía que entrarme temprano. Esa vez fue a buscarme a la casa del Ignacio, justo cuando jugábamos de lo mejor. No sé qué les habrá dado a las mamás estos días, la del Ignacio hace lo mismo con él.
Aburrido, sentado, con la cara sobre las manos, casi pegado a la ventana de la cocina que da al jardín. Veía correr al Bobby, mi perro que por ser grande tiene que quedarse afuera. Ya quisiera ser grande para estar afuera hasta tarde. He visto a gente grande en camionetas verdes dando vueltas por las calles toda la noche, una y otra vez. En eso pensaba, cuando, de pronto me pareció ver al cantautor sonriente, mirándome, justo antes de entrar a la rancha donde se guardan las herramientas, allí en el jardín. Me asusté porque me pareció verlo aparecer de la nada, pero después me acordé de lo lindo que cantaba y quise esperar a que saliera para sonreírle de vuelta. Jamás apareció.
Ojalá vuelva un día, de una forma u otra, para oírlo cantar y para pedirle que me enseñe a tocar la guitarra de mi papá que tengo colgada al lado del clóset.
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Había que escribir un relato de acuerdo a una obra de la colección. Elegí la fotografía de Luis Poirot, de 1965.
Otros cuentos premiados de amigos cercanos:
Me voy de la casa (Nadiela, gracias de nuevo por traerme el libro),
El baile de las enanas (Lolo Pancho).












